abril 25, 2018

"Contribución al conocimiento de los juegos en el antiguo Perú"


Fuente:
Peruanidad / órgano antológico del pensamiento nacional
Lima : Ministerio de Gobierno : Dirección de propaganda e informaciones, Vol. II, set-oct. 1942, N° 10, pp. 831-837


Contribución al conocimiento de los juegos en el antiguo Perú
Emilia Romero


CF. el trabajo de la misma autora: Juegos del antiguo Perú: contribución a una historia del juego en el Perú
[México DF : Ediciones Llama, 1943, 40 p.]


El presente trabajo tiende meramente a catalogar algunos de los juegos que practicaban los antiguos peruanos, y sobre los cuales hay referencias históricas y tradicionales. Presentamos aquí los mejor conocidos y difundidos en el país.


Wayru

Bertonio lo describe así: “Huayrusitha, Piscasitha, jugar con unas piedrecillas, adelantándolas en sus hoyitos, según los puntos de una manera dé dado grande; en uno de estos juegos, van adelantando las piedras alrededor o en círculo, en otros dan vuelta como río” (1). Morúa dice: “Jugaban estos indios con un solo dado que llaman Pichca, de cinco puntos por un lado, uno por otro, dos por otro y por otro tres, y el otro lado cuatro y la punta con una cruz que vale cinco, y el suelo del dado veinte y así juegan hoy en día; y esto lo usan así los indios como las indias aunque fuera de conejos, que ellos llaman cuye», no juegan cosas de plata” (2).  Cobo dice: “el llamado Pichca era como de dados; jugábanlo con un solo dado de cinco puntos que no tenía mayor suerte” (3).  Frase que como se ve ha sido copiada de Gómara y nos prueba que él no vio a los indios practicar este juego.

Amaga refiere que durante el Pakarikuk, o sea el velorio de los difuntos que duraba cinco días, solían los indios jugar este juego y después se dirigían a un río a lavar la ropa del muerto (4). En la descripción del Wayru que aparece en los documentos de Odriozola a que- hemos aludido anteriormente, también se dice que lo jugaban durante el duelo de los entierros de los indios, pero “aun siendo este juego propio de ellos; lo acostumbran muy poco y por lo regular sólo cuando empiezan a beber” (5). Con relación a esta costumbre vemos que hoy en la región de Ancash, llaman Pitchkakuy a la ceremonia de velar al difunto, llevar luego sus ropas a lavar y distribuirlas enseguida entre los deudos del muerto(6).

Esto indicaría que el Wayru era sólo un juego ceremonial y así lo creen Tschudi (7) y Karsten que en nuestros días ha estudiado la supervivencia de este juego entre los indios salvajes del Oriente; pero según hemos visto, Morúa le da un sentido muy diferente. Nos dice con claridad que por medio del dado, jugaban los indios sus animales. Cobo, a su vez, sostiene que los indios jugaban “más por entretenimiento que por codicia de ganancia si bien a veces iba algún precio, como eran mantas, ganados y otras cosas; mas esto era en poca cantidad y sin picarse mucho al juego” (18). En otra parte, el mismo Cobo nos refiere que fue el Inca Túpac Yupanqui quien lo llamó Wayru, en homenaje al nombre de una de sus esposas predilectas, la cual presenciaba una partida de este juego en Yucay y recibió la joya que el Inca ganó al salir vencedor “ y desde este juego mandó el Inca que el número uno se llamase Guayro en toda la tierra en memoria de la suerte y ganancia que con él hizo en nombre de esta señora...” (9).

Veamos ahora cómo otros describen el dado. El padre González Holguín en su Vocabulario quechua se expresa así: “Pichcana, un palo seizabado con que juegan”(10) Bertonio dice que el dado o Pichca es de madera (11) y Morúa explica: “la pisca es como una perinola, aunque no anda, antes arrojan y descubre el punto, como a la taba o dados” (12).

Lo que extraña de este juego es que, si tanta importancia le daban los indios, según se desprenda de lo anterior, no lo hayan representado en los ceramios Que tan valiosa documentación presentan para las demás costumbres aborígenes. Tampoco sabemos que se haya encontrado el dado en las tumbas precolombinas. Karsten recogió entre los indios Canelos del río Bobonaza un dado de hueso que creyó de llama usado para este juego, que conserva el nombre de Wayru, y asegura oue el dado está muy gastado y evidentemente es muy antiguo (13); pero Nordenskiold impugna esta afirmación, probando que el dado hallado por Karsten es de hueso de vaca (14). Parece también que Rivet encontró en la misma región un dado semejante hecho igualmente- de hueso de vaca. Boman afirma haber hallado en las sepulturas indígenas astrágalos de llama aislados, sugiriendo la posibilidad de que se relacionen con la taba y esto ha influido sin duda en la afirmación de Karsten (15).        

Lo que sí está fuera de duda es que en la actualidad el Wayru aún se juega entre los indígenas de diversas regiones. Y creemos que de haberse practicado e» la época precolombina debió haber sido no’ sólo como juego ceremonial sino también de azar, por muy poco dados al juego que hayan sido los indios y por muy estricta que fuese la reglamentación inkaica.


Halankolasitha o Halankolatha

Según Bertonio “es un juego que se parece algo al de las tablas y van adelantando las casas con estas palabras, Halan cola. A su traza llaman Aucattana y al dedo de madera que usan, Pisca. Y a los agujeros u hoyitos del juego les dicen Halancola (16).


Hunkusitha

Según el mismo Bertonio es “jugar como a la taba con un dado grande de madera, adelantando unas piedrecitas en sus casas u hoyos, lo mismo que el halancolatha (17).


Chunkara

Cobo describe este juego que tal vez sea al que alude Garcilaso, como hemos visto anteriormente: “El Chuncara era otro juego de cinco hoyos pequeños cavados en alguna piedra llana o en tabla: jugábanlo con frijoles de varios colores, echando el dado y como caía la suerte los mudaban por sus casas hasta llegar al término: la primera casa valía diez y las otras iban creciendo un denario hasta la quinta, que valía cincuenta (18).


Takanako
Cobo dice: “el Tacanaco era otra suerte de juego con el mismo dado y frijoles de varios colores como el juego de tablas” (19). Podría ser que correspondiese al que en aimara Bertonio llama Halankolatha


Apaytalla

Cobo se limita a citarlo y Murúa lo describe con más detalles. Según él, fue inventado por la koya Anawarke, esposa da Pachakutek, y era así: “es un género de frijoles redondos de diversos géneros y nombres e hizo en el suelo con la cabecera alta de donde sueltan los tales frijoles y el que de ellos pasa adelante y hace ruido, más gana a los otros; está con sus rayas y arcos a manera de surcos y tienen sus nombres particulares. Jugaban así este juego como actos muy ordinarios, que estos indios llaman Pisca, con su tabla y agujeros donde iban pasando los tantos” (20).

En la cerámica Muchik encontramos algunas representaciones en las que creemos ver la reproducción de este juego. Comparando la descripción de Morúa con la fig. 1, notamos una gran semejanza y esto nos induce a emitir la hipótesis de que se reproduce allí una escena de este juego. De ser efectiva probaría que el juego no pudo ser inventado por la koya Anawarke, sino que se conocía desde tiempos anteriores, dado que la cerámica Muchik es anterior al período de los inkas.


Aukay

Descrito por Morúa en esta forma: “era una tabla con frijoles de diversos colores y dificultoso de jugar; echan también la pisca como queda dicho, el cual es un juego muy gustoso” (21).


Kumisitha o Kumisiña

Dice Bertonio que era un juego parecido al de la oca aunque en muchas cosas difiere, pero agrega en otro lado que los indios llamaban también así al juego español del Alquerque y al Ajedrez “porque los indios no distinguen los juegos, sino miran al modo” (22).

Y ahora, si buscamos una descripción española del Alquerque o Tres en Raya la encontramos así: “Juego de muchachos que se juega con unas piedrecitas o tantos, colocados en cuadro, dividido en otros cuatro, con las líneas tiradas de un lado a otro por el centro, y añadidas las diagonales de un ángulo a otro. El fin de este juego consiste en colocar en cualquiera de las líneas rectas los tres tantos propios y el arte del juego es impedir que esto se logre, interpolando los tantos contrarios ((23).

Sería interesante estudiar la influencia que este juego traído por los españoles a raíz de la conquista, tuvo sobre los indígenas y al mismo tiempo llegar a establecer a cuál de los anteriormente citados corresponde el Tsouka, Chukaray, Chunkanti o Shuko, jugado en la actualidad entre los indios que forman las diversas tribus del Oriente Amazónico y que describen Nordenskiold y Karsten (24).

Por otro lado, Nordenskiold sostiene que este último juego, el Tsouka, corresponde al Chunkara descrito por Cobo y que ciertos artefactos indígenas, de madera y de piedra encontrados en las tumbas, los cuales tienen una forma plana con ciertas cavidades regulares abiertas en ellos, debían servir para aquel juego (25). Otros opinan que dichos artefactos servían de contadores o aún de trofeo de guerra, de modo que la afirmación de Nordenskiold sólo se puede admitir como hipótesis hasta que el punto se haya dilucidado por completo.

Fuera de estos juegos que tienen entre sí cierto parentesco y que habría necesidad de estudiar detenidamente a fin de encontrar la correspondencia exacta entre los nombres quechua y aimará, encontramos el siguiente que, a nuestro parecer, tiene también sentido ceremonial.


Chawasiña

Bertonio escribe: “juego bárbaro en que se sacuden unos a otros los mozos divididos en bandos y se lastiman muy bien, y en cada pueblo tienen día señalado para esto” (26). Usaban en él una soga de nervios que tenía el mismo nombre del juego.

Con relación a este juego que bien pudo no serlo, sino más bien una ceremonia ritual, encontramos una descripción dada a mediados del siglo XIX por un misionero que estuvo en las Guayanas y presenció una danza arawak, llamada Maquarri: “Los jóvenes y muchachos fantásticamente adornados, se colocaron en dos filas paralelas, unos frente a otros, llevando cada uno en la mano derecha el Maquarri del cual la danza recibe su nombre. El Maquarri es un látigo de más de tres pies de largo, capaz de producir un golpe doloroso, como puede verse por la forma como les sangran las piernas. Sacuden esos látigos en sus manos a medida que bailan, lanzando gritos alternados que se asemejan a la nota de cierto pájaro que a menudo se oye en la selva. A cierta distancia de los bailarines Se veían parejas de hombres azotándose unos a otros en la pierna. El hombre a quien le tocaba recibir el golpe se mantenía firmemente en una pierna, avanzando la otra; mientras su adversario, deteniéndose, calculaba cuidadosamente la dirección y saltando del suelo para añadir fuerza a su golpe, causaba a su adversario una herida dolo- rosa. Este último no daba ningún signo de haber sido herido, salvo una sonrisa desdeñosa, aunque podía haberle hecho brotar sangre el latigazo que, después de una corta danza, era devuelto con igual fuerza”... (27).


Simpasitha

Entre los jóvenes enamorados se usaba el juego de Simpasitha que Bertonio describe así: “es jugar los mozos y mozas con un cordel que revuelven en los dedos para adivinar si su enamorado la quiere o no. Es como juego de pasa pasa, eso mismo hacen con unos huesecitos que sacan de la cabeza del cuy y los echan en un vaso de chicha y si el uno va tras el otro dicen que se quieren”. Es embuste del demonio, concluye desolado el celoso jesuíta (28).


Puma

Había también otro juego llamado Puma, citado por Cobo y en los vocabularios de González Holguín y Torres Rubio, pero ninguno de ellos da la menor indicación en cuanto a la forma de jugarlo.
Entre los juegos de habilidad física y los infantiles queda aún, más que en los anteriores, la duda acerca de su antigüedad, porque Bertonio que es quien los describe en 1612, no hace la distinción de si fueron o no introducidos por los españoles. Por lo demás, son tan sencillos que bien pudieron haberlos ejecutado los ir-dios sin necesidad de verlos practicar.


Pekositha

No se encuentra en los huacos ninguna representación de la pelota o pekositha y tampoco restos de ella en las tumbas de los aborígenes, pero dos de los cronistas nos hacen sospechar que quizá la jugasen antiguamente. En México y Centro América nos aseguran los arqueólogos que han encontrado señales de que se jugaba el tlaxtli, principalmente entre los mayas del Segundo Imperio, y Nordenskiold que ha estudiado la correspondencia de los elementos culturales entre América del Norte y del Sur, sostiene que el hockey se practicaba entre los indios de los EE. UU. y también entre los del Chaco, en Bolivia, y dice que los Chiriguanos al igual que los Algonkinos jugaban con raquetas (29). En el Perú no se ha encontrado hasta el momento algo remotamente parecido, pero Cabello Balboa nos refiere que Mayta Kapak se hallaba en Korikancha con Apak Konde Mayta y Takachgay, sus primos, y con otros jóvenes de su misma edad jugando un juego de pelota llamado Kuchu, en momentos en que llegaron diez indios con el propósito de atacarlo. Mayta Kapak adivinó la mala intención de los recién llegados y les lanzó la bola con tal fuerza que de un golpe mató a dos (30). Sarmiento de Gamboa por su parte, relata el mismo incidente en forma más sencilla (31)

Sorprende que nadie haga la menor alusión a la pelota en relación a los tiempos posteriores.
Bertonio sin entrar en mayores detalles dice que jugar a la pelota se decía Pocositha y que la pelota, llamada peco papa auqui,era de lana revuelta con mucho hilo. También da diversos términos para el juego de la pelota. Dice que arrojar la pelota se decía Haccotatha y arrojarla hacia arriba Halutatha, Thocutatha (32). González Holguín llama a la pelota papa auqui y jugar a la pelota papa auquicta pucilachiri o papa auqui huan pocllanni. Lanzar la pelota se decía lluspichini y hacerla rebotar lluspircucta cutichini (33). El término papa auki ha desaparecido en la actualidad, pero subsistió por lo menos hasta 1754, época en que según vemos en la edición de ese año del Vocabulario de Torres Rubio, ya se consideraba anticuado (34).

La variedad de términos relacionados con la pelota indicaría que en el caso de haber sido introducida por los españoles, lo fue desde los primeros días de la Conquista.


Hankutatha o Hankutasitha

Los muchachos indígenas parece que tenían entre sus juegos la costumbre de correr asidos el uno detrás del otro, en la misma forma en que lo hacen en todas partes los niños, pero aquí imitaban la forma de la serpiente. Bertonio describe así esta manera de jugar: “Jugar los muchachos asiéndose unos a otros del vestido y corriendo a vuelta de culebra” (35).

Quizá al correr en esta forma los muchachos intentaban imitar la danza de la serpiente que los grandes efectuaban y que nos describen algunos cronistas.


Kiraapasitha

Este juego lo describe Bertonio en esta forma: “jugar los muchachos llevándose unos a otros, sentándose sobre el cuello y colgando los pies, los pechos abaxo del otro” (36). En la actualidad llevar así a un niño en las espaldas se dice “llevar a pache”.              ,


Kuumpikipatha o Kellikipatha

Asimismo practicaban un juego que aún se usa entre nosotros, el cual consiste en poner la cabeza en el suelo, levantando  los pies en el aire y dar un volatín. Bertonio lo describe en esta forma: “boltear los muchachos poniendo la cabeza en el suelo y los pies en el aire” (37).


Thokuhokatha o Thokunokasitha

El salto largo de nuestras lides deportivas, podría también haber sido practicado por los indígenas. Bertonio nos dice: “era jugar a quien salta más, rayando o señalando qué tanto salta cada uno” (38).


Kapanokatha o Killutha kellunokatha

En cuanto a este juego sólo nos dice Bertonio que “era jugar los muchachos dando vuelta con la cabeza” (39). Ignoramos en qué consistía la habilidad de este juego.


Kawisitha o Kawisiña

Este juego lo nombra Bertonio sin describirlo y sólo dice que era jugar a las argollas (49). Podría tal vez tener relación este juego con el “ring-and-pin game” que Nordenskiold afirma haber encontrado en Norte América y que el jesuita Sánchez Labrador encontró en el Paraguay y describe así: “Hacen cincuenta y seis o sesenta argollitas de la corteza dura de una especie de calabaza amarga. Por medio de todas pasan un hilo largo de una vara. La una punta está atada a la última argollita, y la otra a un palito pulido de: casi tres cuartas. Dejan caer todas las argollitas, que estribando unas en otras, están bien juntas. Después las despiden al aire enderezando al mismo tiempo la punta del palito a la primera. No sueltan el palito y la habilidad consiste en ensartarlas todas al aire, y el que lo logra, gana.  “Juéganle muchos en rueda, porque ensarte o no las argollas, la destreza se prueba una vez sola, y después espera que concluyan los demás de la rueda” ((41).


T'inkat'Asitha

Dice Bertonio que es jugar a los papirotes, pero no da ninguna explicación (42). En quechua se decía a los papirotes t’ inkani y dar muchos t’ inkapayni (43).


Kala liwi

Parece que los muchachos tenían un juego a imitación del Liwi que los indios usaban en sus guerras. El nombre de Kala Liwi lo da Bertonio a continuación de Yauri Liwi que nos dice, servía para matar pájaros (44) y kauñusitha o Kauñusiña es jugar con el Liwi. Este era “un cordel de tres ramales con unas bolillas al cabo” y una variedad de él, el T’eketa liwi, era de cuero y los extremos de piedra. No sabemos si el usado por los niños en sus juegos tenía semejanza con éstos, o si lo usaban para matar ellos a los pájaros.

(De la revista “Chaski”)



1.    Vocabulario de la Lengua Aimará, T. 11, pág. 157.
2.    Historia de los Incas Reyes del Perú, T. 11, pág. 177.
3.    Historia del Nuevo Mundo, T. IV, pág. 228.
4.    La Extirpación de las idolatrías en el Perú, pág. 60 (Col. Urteaga-Romero, 2a. serie T. 1). Reproducido por el arzobispo de Villagómez en Exortaciones e instrucciones acerca de las idolatrías de las Indias, cap. XLVI, pág. 171. Col. Urteaga Romero, T. XII.
5.    Duelo de los entierros de los indios, en Documentos literarios de Odriozola, T. IV, pág. 315-316.
6.    Dato proporcionado por el Doctor Abdón Pajuelo, nativo de Huaraz.
7.    Historia de la Civilización y Lingüística del Perú Antiguo, T. 11, pág. 232, Col. Urt.—Rom. T. X.
8.    Historia del Nuevo Mundo, T. IV, pág. 228.
9.    Historia, T. III, pág. 174.
10.  Vocabulario Quechua (1608), parte I, pág. 281.
11.  Ob. Cit. T. 11, pág. 270, y p. 163.
12.  Ob. cit., T. 1, pág. 95.
13.  Ob cit., págs. 7-8 y 14.
14.  Huayra game, Journal de la Societé des Américanistes, T. XXII, Fasc. I, p. 211-213.
15.  Antiquités de la región Andine, T. I, p. 361 - Nota I.
16.  Ob cit., T. I, pág. 273 y T. II, pág. 110.
17.  Ob cit., T. II, pág. 163.
18.  Ob cit., T. IV, pág. 228.
19.  Ob cit.,   T. IV, pág. 228.
20.  Ob cit.,  pág. 95.
21.  Ob cit., pág. 95.
22.  Ob. cit., T. II, pág. 59 y T. I, pág. 40.
23.  Diccionario Enciclopédico Espasa, T. 49, pág. 905.
24.  Nordenskiold, Spiele und Spielesachen im Gran Chaco, etc., págs. 428-429 y Karsten, ob. cit., págs. 34-38.
25.  Spieltische sus Perú und Ecuador, Zeitschrift für Ethnologie, 1918. Heft. 2 y 3, pág. 166-171.
26.  Ob. cit., T. II, pág. 68.
27.  Brett, W. H. The Indian tribes of Guiana, their condition and habits, Londres, 1868, p. 154-157.
28.  Ob. cit., T. II, pág. 317.
29.  Origin of the Indian Civilizations in South America. Goteborg, 1931, pág. 90 y Spiele und Spielsachen im  Gran Chaco, etc., pág. 431-432.
30.  Historia del Perú bajo la dominación de los Incas, pág.    16.
31.  Gieschichte der Inkareichs, pág. 46.
32.  Ob. cit., T. I, pág. 358.
33.  Ob. cit., parte I, pág. 219 y parte II pág. 257.
34.  Arte y Vocabulario de la lengua quichua general de los indios del Perú (Ed. de 1754). Ver la explicación de las palabras que llevan un asterisco.
35.  Ob. cit., T. I, pág. 274.
36.  Ob. cit., T. II, pág. 198 y T. I, pág. 274.
37.  Ob cit., T. II, pág. 62.
38.  Ob cit., T. II pág. 359 y         T. I, 274.
39.  Ob cit., T. I, pág. 274 y         T. II, pág. 46.
40.  Ob cit., T. I, pág. 274 y         T. 119, pág. 38.
41.  El Paraguay Católico, Vol. II, pág. 11 en: Nordenskiold, Origin of the Indian Civilization in South America, pág. 91.
42.  Ob. cit., T. I., pág. 274 y T. II, pág. 249.
43.  González Holguín, ob. cit., parte II, pág. 197.
44.  Ob. cit., T. II, pág. 195. 





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Enlaces

Canciones infantiles peruanas
Canciones, juegos infantiles, pedagogía musical [bibliografía]
Diez juegos del ayer que disfrutaste en tu infancia
Museo del juguete en Trujillo



"Algo sobre títeres"


Fuente:
Peruanidad / órgano antológico del pensamiento nacional
Lima : Ministerio de Gobierno : Dirección de propaganda e informaciones, Vol. II, set-oct. 1942, N° 10, pp. 818-823


Algo sobre títeres
José Gálvez


Representación del teatrillo ambulante de Ghetanaccio, probablemente en la
Piazza di Pasquino. Collezione Maria Signorelli


Dije alguna vez, y lo repito, cuánto me había tentado, y cómo había caído en la tentación, el tema de los títeres. Hace ya muchos años publiqué una crónica a base, sobre todo, de recuerdos personales, y, con ligeras variantes, la incorporé a “Una Lima que se va. . . “  Después para una exhibición de Amadeo de la Torre en “La Pascana” pergeñé unas palabras con la buena fortuna de haber sido reproducidas en “La Prensa” y en “Turismo" de Lima y en gran parte traducidas en el libro anual de la Asociación de titiriteros de Estados Unidos. Con mi autorización, y el aditamento de algunos datos, aparecieron en la edición de Puppetry 1940, del Profesor de la Universidad de Michigan señor Paul Mc Pharlin.  He dado, además, una charla por radio y como si no fuera bastante, en “Insula”, hoy, se me vuelve a solicitar para lo mismo.

Agradezco la oportunidad para este majar mío, por cierto muy a gusto, por la obstinada pertinacia -en este caso la redundancia es disculpable-  de mi afán restaurador de cosas viejas. De alcance en alcance, de remiendo en remiendo, ampliando y esclareciendo, forjando y remodelando, como quien dice cayendo y levantando -parece se me impone el gerundio por asociación de Mama Gerundia, la mujer de Don Silverio- he ido acreciendo mis conocimientos y he vuelto a pecar una y otra vez más.

Este arte de los títeres viene de muy atrás y envuelve una ilusión remotísima casi divina, de manejar aunque sea muñecos. En él se esconde el muy humano afán de la dominación, unido al deseo de escapar del mundo real para entrar en la menuda y grácil transfiguración de otro más dócil y festivo.

Viene de muy lejos. No sólo lo cultivaron los griegos -maestros en todo- y también los romanos, sino seguramente los egipcios. El arqueólogo francés Gayet encontró en la tumba de la danzarina Jelmis, en tierra de los faraones, figulinas mecánicas para alguna farsa religiosa, o, tal vez, para cierta forma de pantomima. Sin embargo, en el libro del Profesor Mc Pharlin hay una nota de C. H. Stern, dubitativa, por lo menos, acerca de la existencia de tal espectáculo en la Grecia anterior a la era cristiana. Mariantonio Lupi, en el siglo XVIII, citó un paisaje de “El Banquete” de Jenofonte, deduciendo la existencia de representaciones con muñecos manejados por cuerdas (nuropasta en griego). Ateneo de Naucratis en el famoso libro “El Banquete de los sofistas” cita al titiritero ateniense Potheinos; pero según el moderno y cauteloso investigador, no debe tenerse por evidente la interpretación, y, en cuanto a la época, también vacila, pues afirma no cabe inferirse sea contemporáneo de Eurípides, el titiritero, sino, más bien, del propio Ateneo, que es muy posterior.

La advertencia es importante y abre una interrogación sugestiva, porque si bien no niega la existencia de títeres en la Grecia antigua, supone no los hubieron en los días clásicos anteriores al cristianismo. Sería extraño en verdad, no sólo por la muy conocida profusión de figurillas representativas en las remotas culturas helénicas y aún de las islas, sino por la notoria influencia de egipcios y fenicios en  la antigua Hélade, como ya nadie puede poner en duda después de los profundos estudios de Víctor Berard.

Naturalmente, en estas cuestiones predomina la conjetural y la prudencia es base de acierto, pero la imaginación y la asociación de ideas también tienen sus fueros imperiosos y a su manera, libre y airosa, deben colaborar en la búsqueda y en la interpretación. Aparte de las preciosas Tanagras, reveladoras de un maravilloso arte menudo, de la más estética juguetería, me fascinaron siempre esas representaciones taurinas de los cretenses, con mujercitas frágiles burladoras de cornúpetas fieros. ¿Eran reproducción cierta de episodios taurómacos con remotísimas “señoritas toreras"? ¿No pudieron ser tal vez, figuraciones de juguetes, algo así como títeres antiquísimos?

El hecho evidente es la antigüedad del muñeco y del juguete, manejables ya por cuerdas (neuroplasta) o con las manos como hasta ahora se estila en algunas formas de los marionetes. Elemento religioso, especialmente en la magia y en la hechicería, desde lo más lejano, siempre debió envolver la ilusión creadora de formar y manejar aunque sea fantoches...

***

Hay algo más. Nuestra propia palabra castellana, expresiva de ente manejable y endeble, revela una venerable antigüedad. Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana la supone simplemente derivada del sonido titi semejante al del silbato de los titiriteros de los tiempos de Mari Castaña, pero añade la suposición del griego tytizo equivalente a gorjear. La explicación es interesante y acorde a la realidad, aún presente en ciertas modalidades primitivas de los títeres. En nuestra costa, por ejemplo, donde se ofrecen espectáculos de tal clase en .las haciendas, los muñecos no aparecen hablando muchas veces, sino agitándose con los silbidos arrancados, por los titiriteros, de carrizos o de encarrujadas hojas, y en Pallasca, por ejemplo, llaman chivives, sin duda por onomatopeya, a las funciones titiritescas y obtienen el sonido con las hojas del shallape.

No obstante, yo insisto en creer, con aventurado atrevimiento, en el origen helénico del vocablo; ya de tyttos, pequeño, y mejor aún de títtyros, mono y también sátiro y comediante. Además, y esto es muy curioso, tyttiristes denota en griego el tañedor de flauta y los títeres antaño estuvieron siempre acompañados por ch rimias o tirisuya [sic: chirisuyas].  También tal vez, haya provenido de allí la graciosa y onomatopéyica palabra titiritaina, expresiva de un enrevesado rumor flautero y, por extensión, de, cascabelero y gaudente bullicio.  Para mayor aporte pláceme recordar aquel teatrillo portátil con figuras movibles llamado titirimundi.  No hay en suma, arbitrariedad o exageración en atribuir al títere castellano la noble genealogía del helénico títtyro.

La palabra y por ende, el hábito mismo del espectáculo, son remotísimos, y esto refuerza la suposición del origen griego, porque en España, según estudios de Menéndez Pidal, hay un momento muy importante, el de la influencia de los monjes de Cluny con rezado de helenismos. Viejos dichos son a mayor abundamiento, “no dejar títere con cabeza”, “echar los títeres a rodar”, “hacerlo a uno títere”. En “La Pícara Justina” se alude a los títeres del bisabuelo en Sevilla, “los mejores vestidos que jamás entraron al pueblo”. En El Quijote está la donosa aventura de Maese Pedro, inspiradora de una página musical admirable de Falla. Una extraña novela del siglo XVII , "Carnestolendas de Zaragoza" de Antolínez de Piedrabuena, describe figuras en miniatura para representaciones, y en el Arca de Noé, algo posterior, de Francisco Santos, se habla de títeres y se menciona a un tal Candi  -posiblemente griego- como experto en esos artificios. Estas dos últimas citas son de Robert H. Williams de la Brown University.

Hubo fantoches doquiera. En Inglaterra Punch y Judy, el Guignol francés, derivación para algunos del Chignolo italiano, el Periquillo y el Firulete mejicanos [y] el Perotito peruano lo revelan. Como huellas de lueñes influjos, la preocupación fantástica del diablo incidió en algunas de estas expresiones y hay curiosos estudios al respecto. En la Europa occidental, muy especialmente en Italia, el género tuvo múltiples representantes en la llamada "Commedia dell’arte" y los Polichinelas y Arlequines dieron la vuelta al mundo y se hicieron tan típicos que muchas veces los hombres los imitaron.

***

En los tiempos actuales, hecha la salvedad dolorosa de los obligados paréntesis de la guerra actual, el movimiento titiritesco es enorme. En Inglaterra, en Francia, en Alemania, en Estados Unidos, en Rusia, en Italia, en Holanda, en España, en Canadá, en Sud África, en la Polinesia, en Hawai, ha crecido y se ha alquitarado la afición. En nuestra propia América, dos países principalmente, Méjico y Argentina, se han caracterizado por una intensa labor.

En Méjico se ha hecho inmensos progresos en esta clase de teatro simbólico. El gran escritor Alfonso Cravioto me contó en una ocasión que su primera obra literaria fué para títeres. Hubo hace ya mucho tiempo en aquel país una titiritera ambulante llamada Francisca Pulido Cuevas a quien podría compararse con nuestro Ño Valdivieso. Queda todavía una carpa, de carácter típicamente popular, para los títeres de Rosete Aranda, y una verdadera pléyade de escritores hace atrevidos ensayos en los teatros Nahual, Rin Rin, Periquillo y Cominito. Celestino Gorostiza, Julio Castellanos, Rodolfo Usigli, Angelina Beloff, Armando Demaría y Campos, Carolina Amor, Fernández Ledesma, los hermanos Germán, Lola y Dolores de Cueto, Francisca Chaves, Graciela Amador, Dolores y Ramón Alva de la Canal, Guillermo T. López, Carlos Sánchez, Manuel Carrillo, María de los Ángeles, Fausto y Alfonso Contreras y Roberto Lago, son los más representativos.

En la Argentina los principales animadores son el doctor Alfredo Hermite con su hermana la señora de Nogués y Juan P. Ramos, José Luis Lanuza y Javier Villafañe. En Chile Marta Brusset ha abierto una simpática campaña en favor del género. Entre nosotros, apenas hay los esfuerzos, casi sin estímulo alguno, don Amadeo de la Torre en primer término, [y] de Augusto Postigo y de Aranda. Hay en Pallasca, según mis noticias, un notable artista popular D. Manuel B. Gutiérrez, creador de sus muñecos. Una leyenda pastoril de la Juana y el Pichonillo hace las delicias de los pallasquinos el día de San Santiago patrón del pueblo.  Aquí, donde la señora Carvallo de Núñez y Alicia Bustamante,  Isajara [de Jaramillo] y Chepa Valencia de Schwab han revelado tan magníficas condiciones, para hacer artísticos juguetes, cabría rehacer este arte fresco y gracioso de; los muñecos parlantes y danzarines.

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No deja de tener trascendencia él dato de que hasta 1941, por lo menos, la actividad titiritesca no había cesado en el mundo en la proporción inevitable y penosa de esperarse por la guerra. Hasta el término títere se ha puesto en moda para designar cierta clase de gobiernos, y, tal vez, en todo esto hay un símbolo .revelador. Tal vez, también, es un refugio confortador en medio a la vorágine de la destrucción de tantos hombres, autómatas conducidos por hilos de grandes titiriteros trágicos. Es una hora crucial con gentes que casi ya no piensan, ni sienten, ni obran por sí mismos en la resignada espera de la consigna para sus actos irónicamente, propios, en un constante cambio de posturas difíciles.

Hay otros datos más, muy reveladores de la importancia del género. El Cinema al, intentar largas cintas no ya con actores, sino con dibujos, títeres al lápiz y  al pincel, ha pretendido aniñarse un tanto. Blanca Nieves y Pinocho, entre otros ensayos felices, nos lo muestran. ¿Qué otra cosa son sino títeres cinematografiados? Robert Deshartis hizo hace algún tiempo en el Jardín del Luxemburgo una admirable versión titiritesca del cuento de Grimm y sostuvo la teoría de ser, en esta clase de farsas, superiores los muñecos a las imágenes.

Bien cabría intentarse una recreación de nuestro teatro de títeres conservando algo de la leyenda vieja, remozándola y enriqueciéndola con la mecánica, cuya perfección como las de los Piccoli de Podreca y las de Rusia, Suiza, Inglaterra y Estados Unidos, ha llegado a ser maravillosa. Hay versiones de “El sueño de una noche de verano” y pantomimas sobre el mar con música de Debussy con marionetes de extraordinario encanto y decoraciones alucinantes. Los expositores de juguetes y los maestros y maestras podrían contribuir a este arte aparentemente menudo y, sin embargo, tan rico en posibilidades.

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Nosotros tenemos una antigua tradición hasta con tipos representativos dignos de ser conservados, como en las farsas titiritescas de otros países se han perennizado y aún trasladado al gran teatro los personajes de ligeras comedias infantiles. Aunque no hay muchos datos históricos, Lohmann Villena y Elsa Temple, tan buenos rastreadores de papeles viejos, nos han revelado cómo es mucho más remota aquella tradición de la contada por Mendiburu al hablar de aquella Leonor Godomar de fines del siglo XVII.

En las primeras representaciones muñequeriles, como era lógico dada la época, el Diablo, la Muerte, el Ángel Salvador, el Pecado, la Eternidad formaban el fondo sacramental de las escenas; pero después, los muñecos fueron laicalizándose y se presentaron cuadros populares y comedias ligeras, corridas de toros y marineras borrascosas. Como una supervivencia, quedaron en el teatro de Valdivieso La Muerte y el Angel, acriollada la primera en la figura de la carcancha y no sin cierta travesura el segundo.

Sobre Ño Valdivieso cabe un capítulo especial. Fue el creador máximo, pero no anduvo solo en sus empresas. Tuvo rivales, por él vencidos, y continuadores a quienes debió una especie de inmortalidad. Posiblemente hace ya más de setenta años había dejado de existir en su encarnación corpórea, pero su nombre siguió figurando como una bandera en los programas de los titiriteros. Sus hijos, sus nietos, sus biznietos lo siguieron bajo su nombre ilustre. Él había hecho una farsa memorable con títeres genuinamente limeños y con ambiente típicamente criollo también.

Ya en 1874, según he visto en un número de El Correo del Perú, se habla, con lenguaje dinástico, de un Valdivieso II. Posiblemente yo apenas alcancé al tercero, mal número para secuencias de glorias. Allí se mencionan a Serapio, Baltasar y Cruzate como a titiriteros expertos, aunque derrotados por los Valdiviesos. Parecen haber sido dos, porque se advierte alguna ironía para el Valdivieso II. Tal vez alguno, como el Avellaneda de Cervantes, pretendió engallarse con las plumas del genuino padre de los muñecos nacionales.

Ño Valdivieso, según mis informes, era un mulato erguido, amojamado, sin garbo en el andar, pero gracioso de nación, como hubiera dicho él mismo, con la sal de su tierra en la imaginación alerta, y muy bien servido de unas manos grandes y habilidosas. Era hermano de alma de Pancho Fierro y en cierto modo de Segura. Fue un forjador, porque ideó hacer títeres limeños y fabricó él mismo sus muñecos como lo hacen ahora Amadeo de la Torre, la señora de Núñez, Alicia Bustamante y las señoras de Jaramillo (Isajara) y de Schwab.

En cuanto a la farsa, por mucho [que] quiera ser atribuida a otros anteriores, es evidente cristalizó en él y tiene derecho perfecto a ser considerado como autor de aquel graciosísimo mundillo de Mamá Gerundia y Don Silverio, Orejoncito, Chocolatito, Perotito, Misia Catita, Piticalzón, el Militar de la polka, la Carcancha grande y la Penita chica, crecedora hasta agrandar los ojos sugestionados de los chiquillos, el padre del sermón lleno de latines y consejos, el médico de la descomunal jeringa, el ángel y el maromero…

Los comienzos del titiritero nacional fueron modestos. Presentaba sus escenas con acompañamiento de guitarras y tirisuyas en corralones y antiguas casas de vecindad, pero la fama vocinglera en ciudad tan rica en ecos y rumores, llevó de sobremesa en sobremesa, de atrio en atrio, de café en café, en volandas de popularidad, el nombre del titiritero. Ascendió hasta el salón Capella y en las casas aristocráticas fue número obligado en los días de los santos de los niños. Todos reían aquel sermón cuyos fragmentos recuerdan algunos:

El que oiga este sermón
que se muera de sarampión
o por fortuna
de sarna perruna
Virum vireta
jálame la jeta
virum viraron
ya me la jalaron.
Palabras,
del profeta Matacabras.
Si ni nun, ni nun, ni norun
que a todos mis concurrentes
narices, ojos y dientes
les arranque un gatunorum.
Al purgatorio se arroja
al que se casa con floja.
Si le enseñan la batea
le da jaqueca o diarrea.
Si le enseñan el planchado
le da dolor de costado.
Si le enseñan el fogón
le da mal de corazón
y se insulta y patalea.
Virum vireta
jálame la jeta
virum viraron
ya me la jalaron.
Palabras,
del profeta
Matacabras.

Este ingenio iletrado tenía indudablemente puntos de semejanza con Segura en su manera de ver ciertos aspectos de la vida limeña. Sus tipos parecen arrancados de algunas de las más saladas obras del comediógrafo.

Don Silverio con su tarro de unto, su falduda levita, sus pantalones claros, su voz aguardentosa, sus ademanes de farfantón aparatoso y su permanente estado de alma regañador, era trasunto de algo muy nacional. Era el indefinido, el perenne descontento, buen bebedor y regenerador de la Patria.

Mama Gerundia con sus chocheces, sus murmuraciones, sus chismes y sus constantes pleitos con don Silverio, era una de las tantas viejas refunfuñadoras tan frecuentes en la Lima antañona y mojigata.

Perotito era el avispado y vivo, con mezcla de mataperro y marimarica, engreído, dicharachero y quimboso. La voz que le dio Ño Valdivieso era toda una creación. Parecía hecha para los diminutivos en su agudez chillona y en su rapidez mareante. Alma y cuerpo parecían unidos en la creación realmente estupenda. Así como la farsa italiana forjó personajes, luego símbolos dentro de la relatividad humana, así Perotito fue símbolo dentro del criollismo. Peroles y Perotitos vemos en todas partes. Políticos, sociales, literarios; saltarines, movedizos, de mucha farfulla y poca enjundia.

Hasta el nombre parece netamente nacional.  Hubo, hace muchísimos años, y Benvenutto lo ha evocado recientemente, dos médicos o curanderas criollos conocidos por Perote y Perotito. ¿Tomó de ese recuerdo popular Ño Valdivieso el nombre de su muñeco preferido? Tal vez. Pero lo evidente es que no he visto en diccionario alguno el término tan matizado de contenido en el personaje del titiritero peruano. “Ese es un Perote”, decimos, “aquél es un Perotito”, y todos perciben la gradación e imaginan de inmediato al tipo escurridizo, metejón y vociagudo y sin embargo, simpático, de puro cómico, en el tinglado.

Toda el alma popular estuvo en ese artista primitivo, de ingenuo y sano espíritu con su ají de socarronería y suelto y travieso hasta la grosería, a veces, porque como líos grandes forjadores no desdeñaba la tosquedad, vital escape; y Don Silverio, como buen regañón, soltaba de cuando en cuando sus buenas lisurazas, como antaño se decía.

Muchas anécdotas cuentan de estas evasiones a la barbaridad, como él mismo confesaba. Yo he relatado dos de ellas y creo debo repetirlas. En la limeñísima Quinta de Villacampa le recomendaron una vez no fuera a hacer alguna de las suyas. Se llamó a ofendido Ño Valdivieso, y no podría afirmar si Orejoncito o Perotito, uno de los muñecos, hizo una maniobra dificilísima y dejó caer sobre el público cercano una lluvia significativa y ambarina. Se sonrió en los rostros de la concurrencia, y cuando se le amonestó, muy puesto en orden dijo que deseando ser fino entre los finos, no lo había hecho con simple agua del caño, como lo hacía a veces con su público, sino con Agua de Kananga legítima.

En otra casa, ya con temor a sus irreverencias, le rogaron no ofendiera los pulcros oídos de los niños. Don Silverio, más ronco y aguardentoso, hizo a manera de prólogo, en inimitable gracejo, la vasta y completa enumeración de todas las palabras gruesas, lisuras, lisurazas y lisuritas que por especial deferencia no serían dichas en el curso de la representación; y con tan desembarazado desahogo, ya no se le escaparon durante la misma sus habituales interjecciones. ¡Era un gran tipo Ño Valdivieso!

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Ño Valdivieso murió muy viejo, pobre, olvidado y sin que los niños de su tiempo lo supieran. Estuvo mejor así, porque gozó de una especie de inmortalidad. En el salón de máquinas de la antigua Exposición, volvían a aparecer; ya cascados y sin la gracia genuina del ocurrente padre y creador, los inolvidables muñecos, pero se les había escapado el alma con el viaje definitivo de aquel titiritero peruano, tan arraigado a su tierra y tan lleno de su gracia popular...  Alguna vez lo califiqué de vernácula mezcla de Pancho Fierro, escultor muñequero, y de un Manuel Segura iliterato y de sal gruesa, y lo vuelvo a repetir para terminar como comencé.

(Charla dada por el autor en ‘‘Insula” de Miraflores)



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Enlaces

Personajes de Lima: Ño Valdivieso [José Gálvez 1912]
Títeres y titireros en la Lima del S. XVIII
De profesión titiritero
Santiago Volador - Ricardo Palma
Títeres Kusi Kusi, amor por el teatro
De profesión titiritero [presentación de libro sobre Felipe Rivas Mendo]
Titiriteros peruanos
Exposición sobre teatro infantil peruano en el siglo XX [Caslit, 2016]
Titeresante [SP]
San Simeón, el santo de los titiriteros
El títere: patrimonio cultural de la humanidad





"Huella de los tamales en el lenguaje y la literatura del Perú"



Fuente:
Peruanidad / Órgano antológico del pensamiento nacional
Lima : Ministerio de Gobierno : Dirección de propaganda e informaciones, Vol. III, ene-feb. 1943, N° 12, pp.  967-977



Huella de los tamales en el lenguaje y la literatura del Perú
Alberto Tauro del Pino

TRAVAXO: ZARA CALLCHAI ARCVI PACHA
[tiempo de segar, de amontonar el maíz]
Mayo, aymoray quilla [mayo, mes de cosecha]
Nueva Corónica y Buen Gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala, N° 1154

Esta huella de los tamales, vista en el lenguaje y la literatura, no es el fruto de un propósito pues no ha contado con la premeditación y el método necesarios. A decir verdad, la tensión y la angustia de la tragedia que afronta el mundo no me permitían formar un propósito de trabajo con alcance tan doméstico e intrascendente como otear y descubrir la huella de los tamales. Su parcial restablecimiento es sólo un resultado obtenido mediante hallazgos accidentales y esporádicos, mediante una elemental acumulación de datos. Y por ende, no será justo censurar la escasa profundidad de la huella descubierta, ni sospechar de su integridad por tal o cual vacío.

Por otra parte, me ha animado el saber que la satisfacción de las necesidades alimenticias no deja de causar hondas inquietudes a los pueblos. Entre los siglos XVIII y XIX, inspiró serias y alarmantes cavilaciones al economista inglés Malthus. Y echando una ojeada retrospectiva a las costumbres culinarias del pueblo peruano, Emilio Romero llega a reconocer que en el curso de los tiempos han decaído la abundancia y la calidad de sus comidas. Con innegables fundamentos sostiene que “la  cocina no es ya un tema exclusivo de amas de casa o cocineras. Es sobre todo tema para economistas que quieran el bien del pueblo y busquen comida buena y barata para las masas”[1]. También puede ser tema para otros estudiosos. Así como hoy lo es para todos los hombres que, sintiendo disminuir la abundancia y la calidad de las comidas, debido a las dificultades engendradas por la guerra y los bajos salarios, se contentan con evocar los tiempos en que el mundo pudo comer sin restricciones.

No faltará, desde luego, quien pueda tachar el tema, alegando que no es digno del hombre fijar su entendimiento en tan vulgares aspectos de la vida, sino enaltecer los dones del espíritu. No faltará quien aparente solidarizarse con Don Quijote, en cuanto decía: “Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y ya que coman, sea da aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto, si hubieras leído tantas historias como yo que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha esta revelación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores”. Admirable ingenuidad. Pero es probable que sentir la acuciosa necesidad y obedecer a sus requerimientos, haya sido causa de que muchos hidalgos renunciasen, en épocas remotas, a la noble y humanitaria misión fijada a los caballeros andantes. Y como es norma nuestra juzgar a los hombres por sus actos y sus ideas, pues éstas, solas, dan de, ellos una noción descarnada e irreal, recordamos que “una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda” a este hidalgo alucinado; recordamos que él y Sancho, invitados por unos cabreros, “con mucho donaire y gana embaulaban tasajo como el puño”; y nos parece ver cómo llega a regalarse con el espléndido convite preparado por Camacho el rico en celebración de sus bodas.

De igual manera, suele creerse que la exaltación del sentimiento impide prodigar un atento cuidado a las necesidades cotidianas. Obnubilado por la belleza y por una vaga desazón, el sentimental hallaría su solaz en el brillo de la luna y el perfume de las flores, por ejemplo. Pero esto es tan inexacto como el desinterés gastronómico de los idealistas. El romántico y “divino” Enrique Heine se ha complacido en darnos a conocer sus opíparos placeres, aun envolviéndolos entre las sutiles incandescencias de su ironía. “Un triste poeta trágico, que nos ha presentado en las tablas un triste imperio persa con un triste Alejandro, en cuya educación no tuvo parte ningún Aristóteles, dará a mi mesa una magnífica cabeza de cerdo, con su habitual sonrisa agridulce, una raja de limón en el hocico y muchas hojas de laurel, que la cocinera dispone con arte exquisito. El cantor de los labios de coral, de los cuellos de cisne, de los montoncitos de nieve, de las cositas, de las pantorrillitas, de los besitos y de los pollitos, quiero decir H. Clauren, o como le llaman en !a calle de Federico las piadosas bernardinas trashumantes, él papá Clauren, nuestro Clauren, este clásico me suministrará todos aquellos platos que tan minuciosamente describe en sus anuarios galantes, con la fantasía de una doncella golosa, y nos dará de regalo una fuentecita de apio que hace palpitar de amor el corazoncito. Una sesuda y seca dama de la corte, de la cual sólo puede comerse la cabeza, nos suministrará un manjar análogo, esto es, espárragos. Y no faltarán las salchichas de Gottinga, la carne ahumada de Hamburgo, las pechugas de ganso de Pomerania, las lenguas de buey, los sesos de ternera cocida, el bacalao y toda clase de jaleas, pasteles de Berlín, tortas de Viena, confituras”... Y, con igual ironía, el mismo Enrique Heine admite la influencia que el buen comer ejercía en su ánimo, cuando escribe las siguientes frases: “si quisiera convertirme, me recibirían con los brazos abiertos. Me mirarían a los ojos para adivinar mis deseos y realizarlos al momento. Me invitarían todos los días a comer, y por la tarde me llevarían a sus tés y sus clubs”[2].

En consecuencia, no carece de sugestión el meditar unos instantes sobre la aptitud epicúrea de nuestro pueblo, que creó y gusta los tamales. Bastaría recordar que en un tiempo se identificó la mazamorra como un manjar adecuado al carácter y los gustos de esta Lima criolla, que en atención a ello fue designada alguna vez con el nombre de Mazamorrópolis[3]; bastaría recordarlo, digo, para deducir que los tamales también pueden ser tenidos como índice del carácter popular. Y así como hay manjares, bebidas y condimentos que constituyen inalienable patrimonio de ciertos pueblos, no olvidemos la tradición que entre el pueblo peruano tienen los tamales.


Algunas especies de tamales

En primer, lugar, especificaremos que hay un “Tamal de Lima" al cual se refiere exclusivamente Juan de Arona[4], y que exige un largo y complicado proceso de elaboración, si se quiere asegurar su calidad y su sabor. Antaño se iniciaba este proceso con la preparación de la harina. Para ello se daba preferencia al maíz blanco, que se echaba en agua con cal, se ponía al fuego hasta que hirviera el agua, y entonces se agitaba para que el roce de la cal desprendiera la cáscara del maíz; luego se arrojaba esta agua, se lavaba escrupulosamente el grano privándolo de su puntita oscura y recia, y se dejaba en agua limpia hasta el día siguiente, para pasarlo por un molinillo o pulverizarlo en el mortero. Hoy se puede evitar esta enojosa preparación de la harina de maíz. Basta acudir al mercado o hacer un pedido al encomendero. Pero sospecho que no se obtiene una harina tan fina y escogida como aquella que se preparaba en los antiguos hogares limeños, porque el ansia con que en Ia industria se persigue la simplificación del trabajo y el incremento de las utilidades, aconseja beneficiar el grano del maíz con su cáscara y tal vez con la recia puntita que lo une a la coronta. No importa. Puede suavizarse la masa hecha con esta harina industrializada, agregándole una prudencial, cantidad de choclos rallados.

Según se desea, los tamales pueden llevar alma compuesta por carne de cerdo, gallina o pichones, que se cuecen en agua con sal y unos granos de anís, Ya cocida, se separa la carne, y a su caldo se echa la harina de maíz, amasada con manteca, mientras se cuece es conveniente moverla desde el fondo, y se la apartará del fugo cuando haya adquirido consistencia, uniéndole entonces un aderezo preparado a la sartén, con discrecional cantidad de manteca, una pizca de ajos, cebolla, y ají. Se deja enfriar esta masa. En porciones sujetas a la voluntad, se tiende luego sobre hojas de plátano, verdes, bien lavadas, cocidas en agua y completamente secas, y a cada porción de la masa se añade un pedazo de la carne que se haya escogido, algún trocito de huevo duro, aceitunas, maní o almendras. Cada porción bien envuelta en las hojas de plátano y atada con tiras de totora o de las mismas hojas es un tamal. Y el tamal, o los tamales que resulten, se echan en agua hirviente. Cubiertos con hojas de plátano, se les mantendrá en esta durante dos o tres horas, que se consideran como necesarias para su cocción. Ya retirados del fuego, se les saca del agua y se ponen al calor de la lumbre, envueltos en crudos mojados, hasta el momento de servirlos.

Aunque sin alcanzar la categoría y el nombre de este tamal limeño, otras especies alternan con él en los fastos de la cocina peruana. Abelardo Gamarra menciona, por ejemplo, un tipo de tamal arequipeño, prestigiado por la tradición de las picanterías. Forma en ese desfile de picantes, cuya pintoresca nomenclatura es uno de los matices característicos de los famosos “bebes” arequipeños. Escuchemos la enumeración que de ellos hace El Tunante[5]: “Ocopa de camarones con loritos, picante de soldados muertos con habas, seviche de bofes, bogas emponchadas con cachichuños, caparinas con llatan, ají de disparates o conversación de mujeres, pepián de conejos, tamal en fuente, chancho asado, timpuzca de cecina”. Pues bien, la preparación de este tamal en fuente es más sencilla y rápida que la del tamal limeño. Al hacer la masa, se agrega algunos huevos a la harina de maíz y la manteca indispensables. Se echa parte de ella en una vasija untada con manteca; encima, algunos pedazos de carne cocida, tocino y huevos duros, revueltos en un aderezo hecho a la sartén con tomate, cebolla, orégano, perejil, pimienta en polvo y maní o nueces; luego se echa el resto de la masa. Y todo se cubre, por último, con huevo batido y se pone al horno.

Distintas especies de tamales se preparan en los pueblos serranos, tomando como base el maíz blanco o el amarillo, y el sabor de tal o cual condimento. Recuerdo al efecto, que a las estaciones de los pueblos por donde pasa el ferrocarril central, acuden mujeres que portan cestos llenos de sabrosos tamalitos. Están envueltos en las pancas u hojas desprendidas de las mazorcas tiernas, y atados con delgadas tiras de lo mismo. Su masa no está condimentada sino con sal y ají amarillo, molido y lleva a veces, un pedazo de carne cocida.

En Piura se elaboran tamalitos de choclo verde, rallado, cuya envoltura está formada por las hojas del mismo. O bien, el choclo maduro y rallado se sazona con hojas de culantro, molidas, y con algunos granitos de comino. En ambos casos se prescinde de la carne.

Y, por último, no dejaremos de mencionar los juanes, que son los tamales de nuestra montaña. Su masa no se prepara con harina de maíz, sino con arroz y yucas; e invariablemente se la rellena con gallina, pues el ganado mayor no se encuentra mu y difundido en aquella región.


Etimología y definición de "tamal"

La palabra empleada para nombrar este manjar, goza ahora de unánime aceptación, y no sólo en el Perú, sino en todo el mundo hispánico. Pero desgraciadamente, no es una palabra peruana. Según el Diccionario de la Academia Española, proviene del mexicanismo tamalli, que Juan de Arona convierte en el complicado tenamaxtl. Fue durante tres siglos una palabra de uso vulgar y cómo suele ocurrir en tales casos, su recepción académica se hizo esperar. Hace unos sesenta años, al pergeñar su “Diccionario de Peruanismos”, Juan de Arona advertía que “esta palabra viene en casi todos los diccionarios y poco “le falta para hacerse española”[6].  A poco, la palabra tamal era incorporada al Diccionario de la Academia Española, pero la definición que de ella se daba era inexacta: “Carne de cerdo cocida que venden por las calles en el Perú”[7]. Ricardo Palma demandaba en 1903, que esta definición dada por el Diccionario de la Academia Española fuera suprimida “por antojadiza” y a su vez, sugería una definición precipitada e incompleta: “el  tamal, en América, no es más que una empanada de maíz, carne y aceitunas”[8].

Ampliándola, dice el Diccionario de la Academia Española en su más reciente edición, que tamal es una “especie de empanada de masa de harina de maíz, envuelta tu hojas de plátano o de la mazorca del maíz, y cocida al vapor o en el horno”; y observa que “las hay de diversas clases, según el manjar que se pone en su interior y los ingredientes que se le agregan”. Desde luego, no viene a cuento hacer hincapié en la deficiente sintaxis, ni en la oscuridad de esta definición. Baste apelar al descrito proceso de elaboración del tamal, para deducir que no es propio calificarlo como empanada. Más justa nos parece, la definición que se debe a Juan de Arona, siempre que se le prive de tal o cual aditamento inoportuno: “El tamal (de Lima, celebérrimo en los fastos criollos), es una pasta, masa o bollo de harina de maíz aderezada con manteca de puerco, carne de lo mismo, su punta de ají, almendras y otros varios ingredientes”; “es de rigor que el tamal vaya envuelto en hojas de plátano y liado el envoltorio (informe que resulta, aunque tira a cuadrado) con tiritas de totora”.


Peripecia histórica de los tamales

Importa subrayar que la palabra “tamal” es un mexicanismo cuyo uso se ha extendido a todos los países de habla española. Porque ya no esperaremos hallar en la época de los incas un manjar designado con esa palabra. Y sin embargo, sépase que el tamal no es sino perfeccionamiento de ciertos manjares de los incas. Dice Garcilaso: “Me sustenté hasta los nueve o diez años con la zara, que es el maíz, cuyo pan tiene tres nombres. Zancu era el de los sacrificios, huminta el de sus fiestas y regalo, y tanta, pronunciada la primera sílaba en el paladar, es el pan común;  la zara tostada llaman cancha, quiere decir maíz tostado. A la zara cocida llaman musti (y los españoles mote), quiere decir maíz cocido”. Aclara que: “Para sus sacrificios solemnes hacían pan de maíz que llaman zancu, y para su comer, no de ordinario, sino de cuando en cuando por vía de regalo, hacían el mismo pan que llaman huminta[9]; diferenciábase en los nombres no porque el pan fuese diferente, sino porque el uno era para los sacrificios y el otro para su comer simple”. Y aún nos da a conocer los medios empleados para hacer ese pan: “cocíanlo hecho pelotas en ollas en seco, porque no supieron qué cosa era hacer hornos: dejábanlo a medio cocer hecho masa”. Es, a no dudarlo, la primera etapa del proceso característico en la elaboración del tamal. Las pelotas de harina de maíz, “cocidas en ollas en seco”, fueron después envueltas en las hojas desprendidas de la mazorca.

Es probable que a los españoles se deba el empleo de las hojas de plátano para envolver los tamales, porque los indios debieron conservar la forma ritual de elaborarlos. Y basta confrontar la sobriedad del indio con los golosos apetitos del español para comprender que a éste se debe la adición de los condimentos que suavizan y hacen particularmente grato el sabor de los tamales.

A mediados del siglo XVII era realmente extraordinario el favor de que gozaban los tamales, desde la Nueva España hasta el Perú. Se les hacía en diversas formas y calidades, como lo da a saber el minucioso testimonio del padre Bernabé Cobo:

“Suelen hacer de la misma masa de maíz unos bollos que cuecen, unos en las brazas y otros en agua, envueltos en hojas de árboles o de otra planta. Estos bollos son de muchas maneras, unas veces no tienen más que la masa de Maíz, y estos son en dos diferencias, unos gruesos, bastos, hechos sin curiosidad, como, decimos acá pan de toda harina, que en la Nueva España come la gente, rústica, y los maceguales o mitayos. Otros bollos pequeñitos se hacen más regalados de la flor de la harina: son blancos y delicados, porque los hacen de maíz despepitado, que es habiéndole quitado antes de molerlo, aquella rasilla que tiene con que está asido en el choclo. A esto han añadido los españoles amasarlos con azúcar, y se ponen por regalo en la mesa, lo cual se usa mucho en México, donde yo los comí algunas veces”.

“La otra manera de hacer estos bollos de maíz es cuando llevan dentro carne con mucho ají, y estos son los que en la Nueva España llaman tamales. Suélenlos envolver, para cocerlos, en las hojas o túnicas del choclo, y para sólo esto se venden estas hojas en manojos en toda la Nueva España; mas en esta ciudad de Lima los envuelven en hojas de plátano. Han sabido (mejorar) mucho los españoles estos tamales, porque los hacen con más recaudo y curiosidad que los (que) usaban los indios. Los ordinarios que se penden en las plazas son de carne de puerco, mas los que se hacen de regalo, llevan carne de gallina o de pollos y palominos, y hay tamales que cada uno lleva una gallina entera; y para fiestas extraordinarias, suelen echar un pavo entero en un tamal, y porque no hay hoja de planta ninguna, que alcance a cubrirlo, lo envuelven en un petate”[10].

No había hora ni ocasión, que entonces se considerasen inadecuadas para invitar o servirse un tamal. Algunas familias aliviaban, tal vez, sus penurias económicas, elaborando en el silencio del hogar honesto los tamales que un esclavo llevaba después al mercado. Otras familias preferían vigilar su preparación y solían iniciarla los días sábados, pues los tamales tenían un lugar en el almuerzo dominical. Y como había gentes para quienes los tamales eran parte obligatoria de la cena, diariamente, canturreaban sus pregones los tamaleros “hasta las dos, tres y cuatro de la mañana”[11]. Tal afición fue uno de los motivos aludidos por Esteban de Terralla y Landa [fines S. XVIII], al hilvanar su hiperbólica burla de la glotonería limeña:

Quien después de desnudarse
de trajes, ramos y aseos,
pide por la ventanilla
cuatro cosas con un medio.
Pide una mitad de pan,
pide otra mitad de queso,
pide otra mitad de plátanos,
 y de guarapo va el resto. '
Verás cómo queda llena
si no de cena, de viento,
hallándose por templada
más sonora que un salterio.
Otra está atenta observando
cuando grita el tamalero,
por desenvolver más hojas
que en el tostado leemos.
Luego dice no está-mal,
mas sí es ta-mal porque es puerco,
y entre si está mal, o no
el bollo se va engullendo[12].

Al propagarse las corrientes liberales que dieron origen a la independencia, parece que se reafirmó la popularidad de los tamales, pues la profesión de fe democrática tuvo su reflejo inmediato en las costumbres de la sociedad. Las calesas arrastradas por briosos corceles se ausentaron de la pintoresca Alameda de los Descalzos y. en cambio, la Pampa de Amancaes acogió una abigarrada multitud, que bailaba a los sones de alegres zamacuecas, refrescaba el gaznate con aguardiente de lea, y deglutía impresionantes raciones de viandas tan criollas como los tamales.

En aquellos años, pletóricos de euforia, los tamales se hallaban presentes en el lenguaje familiar*y en el literario. Su estructura inspiraba dichos agudos, que la mordacidad criolla solía aplicar en sus burlas; o sugería a los escritores novedosas comparaciones y metáforas. Leamos por ejemplo, los versos en los que el clérigo José Joaquín de Larriva alude a una voz carente de tesitura:

Cayó el salvaje en tierra
y el golpe le destierra
el susto que tenía
y entonando su voz de chirimía
en acentos iguales
como hojas de tamales
dijo: Ya las conozco, queriditas,
ya que son las ánimas benditas[13].

Leamos aquella octava de Felipe Pardo y Aliaga, donde se mencionan los defectos de que nuestra vida republicana adoleció en sus primeras décadas, y se afloran los días de la colonia, cuando...

No había manumisos ciudadanos,
ni de chinos feísimos legiones,
ni acreedores franceses ni britanos,
ni peste de Licurgos y Solones,
ni incesantes discordias entre hermanos,
ni cambio cada mes de instituciones,
ni medio centenar de generales,
ni de crédito público tamales[14].

O las traviesas expresiones que Lorenzo Fraguela dedica a “la vuelta del esposo”:

¡Cómo te abandoné!... maldito sea
el Sol de los deleites orientales...
De nuestro casto amor la rósea  tea
no más apagarán soplos fatales;
pero, ante todo, del perol que humea,
deja probar, Juanita, los tamales[15].

Ña Goyita la tamalera, vive desde aquellos días en una acuarela de Pancho Fierro.  Pero ya en su tiempo, el imperio de la culinaria criolla era menoscabado por la introducción de los usos gastronómicos franceses en los cuáles halló nuestra naciente burguesía una nota de distinción.

Y por ir a comer con más boato
he perdido de puerco una costilla,
olvidando el tamal y chicharrones,
y el chupe nacional de camarones.

Apunta Federico Flores Galindo[16], insinuando la alternativa. Y, haciendo honor a su criollismo, desarrolla luego un caluroso elogio de nuestras comidas típicas, entre las que considera de manera especial a los tamales.

Y volviendo, lector, a mi faena,
voy a seguir el hilo de mi cuento;
te hablaré del tamal de Noche-buena,
pregonado en las calles al intento;
por todas partes el pregón resuena;
rasgando el tul del adormido viento y
las hojas del plátano, escondida,
se halla una pasta de maíz cocida.
Sentada está la negra tamalera
sobre el lomo cubierto de la mula,
y así transita la ciudad entera,
y por vender a la sirviente adula.
Los gritos de la turba vocinglera
y los chascos que sufre, disimula,
porque ella mira con certera vista
seguir la turba del licor la pista.
Y se tiene al tamal en tanta estima,
que es plato del domingo, preferente;
no hay familia criolla en toda Lima
que tal vianda no almuerce reverente;
el serrano tamal en este clima
es agradable, cuando está caliente,
mas el primero se llevó la palma
y es del almuerzo nacional el alma.
Es compañero del tamal sabroso
el suave, retostado pastelillo...

En el último tercio del siglo XIX, los burgueses afrancesados miraban con desdén las costumbres populares, e insensiblemente impusieron sus gustos y opiniones a esos amorfos sectores de la clase media que empleaban la simulación para alcana zar cierta notoriedad. “Emparisados” los llama Ramón Rojas y Cañas, empleando un modismo de la época. Y los pinta con extraordinaria gracia cuando nos hace saber que “para un limeño vuelto de París, nada hay de más ridículo y despreciable que otro limeño que no ha viajado. Los compara con árboles de nuestras huertas, que donde nacen ahí mueren. Los que no hemos alcanzado la suprema dicha de haber estado en Europa somos unos alcornoques, unos salvajes, indignos de merecer un apretón de mano del recién llegado. Si a éste le presentan en su casa un tamal, dice haciéndose el sorprendido: ¿Qué pasta es ésta, envuelta en ules? Si le ponen en la mesa plátanos fritos, interpela: “¡eh! ¿qué diablo de lengüetillas son éstas de este país? y Ña Manuela responde: ¿qué, ya no te acuerdas? son plátanos - ¡ah! sí, banano, ¿le llaman plátano aquí?”[17].

Más adelante, Francisco Moreyra y Riglos describe con frases espontáneas e imparcial objetividad, el regocijo del pueblo que a fines del siglo XIX invadía la pampa de Amancaes en el tradicional día de San Juan. Los afrancesados permanecían arrinconados y mohínos en la Alameda de los Descalzos, y al pueblo reunido en Amancaes lo calificaban despectivamente como “gente del tamal”.

Ufanos, contentos todos,
todos se quieren recrear
con las amarillas flores
de la pampa de Amancaes;
con las mesitas risueñas,
del picante nacional,
con la chicha, butifarras,
y el seviche y el tamal,
y las viandas pregonadas
por los que vienen y van;
y los gritos y algazara,
y los requiebros, y a más,           
con las riñas y altercados
que armando beodos están
en las carpas levantadas,
ya por aquí y por allá
donde se bebe y se baila
zamacueca nacional
Este es el dichoso día
es el día de San Juan,
de los nublados alegres
y la lluviecita audaz.
Ya no, como en otro tiempo,
todo Lima se va allá,
que hoy no va más gente alegre
que la gente del tamal,
la marinera y la chicha,
las butifarras; y van
las muchachas traviesas
con boquitas de coral
y con corazones sanos,
brindando amor y amistad,
Pero la gente más seria,
la que a la francesa está,
la que pesa y contrapesa
el oro y la calidad,
esa queda en la Alameda
en sus carruajes, o van
con un paso muy tranquilo
sin perder la gravedad,
por la preciosa Alameda
que hasta los Descalzos va...[18]

Quedaba olvidado el amoroso apego a las cosas de la tierra. Bajo la influencia de una burguesía ausentista y regalona, las gentes renunciaban a las domésticas labores que dieron paz y sabor a la vida familiar de otras épocas. Postergaban gustos ancestrales, que siempre dieron encanto al vivir, porque el aroma de la tierra les daba su fuerza nutricia. Y consecuentemente, los tamales se convirtieron en motivo que evocaban poetas nostalgiosos.

En una “Visión de antaño”[19], Hernán Velarde inserta su personal recuerdo de los vendedores ambulantes que voceaban por las calles su humeante mercancía:

A pie enjuto,
en sus carros, a horcajadas 
en sus asnos,
en sus mulas o sus jacas             
vendedores
que se cruzan y que pasan,
cantan fruta,
cantan leche, cantan agua,
y turrones
y melcochas y empanadas
y refrescos
y tamales y fritangas y alfileres
y botones y percalas.

Y con acento de saudade, José Gálvez echa de menos la habilidad de las manos femeninas que otrora sabían operar milagros en la cocina del hogar. Cuenta que “en los fragantes claustros de jardines conventuales”, se confeccionaron las humitas, los tamales[20] y otros manjares que las niñas rehusaban hacer; y que en Lima gozaron un tiempo de fama los tamales que hacían las monjas del convento de Santa Catalina.

Otros vientos han enderezado la orientación de la veleta. Las gentes de hoy ignoran o consideran increíble que los tamales hayan estado postergados en época no muy lejana. Desde el día sábado buscan en los mercados y bodegas los acreditados tamales de Supe y de Surco, o los que elabora la señora Griselda. “La tamalera” es motivo de una canción difundida a través de las ondas sonoras y grabada en discos.  La atención de los folkloristas ha sido captada por la gracia del pregón que antaño anunciara el paso cansino de los mulatos vendedores de tamales. La cepa criolla de este manjar ha quedado plenamente reivindicada.

 (De la revista “Cultura Peruana”)





[1] "Apuntes para una historia de la alimentación en el Perú", por Emilio Romero. “La Prensa”: Lima, 18 de enero de 1935.
Antonello Gerbi, a quien se debe “El Perú en marcha”, integral ensaye de Geografía Económica, anota (pág. 164) que: “Tal vez de origen peruano, el maíz era uno de los elementos básicos de la alimentación incaica, y todavía hoy se halla difundido en todos los rincones del país, donde se consume ya sea en granos (choclos), sea en harina (chochoca) de granos cocidos y triturados, sea en masa (tamales) muy populares en todo el Perú, o sea fermentado en chicha, un licor ligeramente alcohólico, que constituye la bebida consuetudinaria del indio y del pobre.
[2] Enrique Heine. Cuadros de viaje. Trad. del alemán por Manuel Pedroso. Madrid, Editorial Calpe, 1921. Tomo II, págs. 134-135 y 139.
[3] Con el seudónimo de Juan Pagador, el tacneño Rómulo Cúneo Vidal publica en “La Neblina” -Lima, 12 de mayo de 1894- un elogio de la limeña.
[4] Juan de Arona es el seudónimo que hizo popular Pedro Paz Soldán y Unánue. Véase su “Diccionario de Peruanismos”: Lima, Librería Francesa Científica J. Galland, s. f. (1883), pág. 468.
En Buenos Aires parece conocerse otra especie de tamal limeño, a juzgar por la fórmula que Juana Manuela Gorriti inserta en su libro sobre “Cocina ecléctica”. Dicha fórmula le fue proporcionada por una dama de esa ciudad, llamada Josefina del Valle de Chacaltana, y según sus especificaciones, habría dos diferencias fundamentales entre esta especie y la descrita en el texto: 1ra.,  la harina de maíz se amasa con huevos batidos, además de manteca; y 2da. se envuelve en hojas de maíz -¿pancas de choclo?-  y no en hojas de plátano. Véase “Cocina ecléctica”: Buenos Aires, Félix Lajouane, 1890, págs. 67-69.
[5] El Tunante, seiudónimo de Abelardo M. Gamarra. Véase sus “Rasgos de pluma”: Lima, editor Víctor A. Torres, 1899. pág. 104.
[6] Juan de Arona: obra citada, pág. 468.
[7] Esta equivocada acepción la recoge también José Alemany y Bolufer en su Diccionario de la lengua Española (Barcelona, Ramón Sopeña, s. f.).
[8] "Dos mil setecientas voces que hacen falta en el Diccionario. Papeletas lexicográficas", por Ricardo Palma. Lima, Imprenta la Industria, 1903.
[9] Huminta o humita, y zancu o sango son actualmente, denominaciones dadas a manjares cuya base está constituida por la harina de maíz.
Según la define José Jiménez Borja, la humita es una “pasta compuesta de maíz tierno rallado, mezclado con ají y otros condimentos que dividida en partes y envueltas cada una de éstas en sendas pancas u hojas de mazorca, se cuece en a-gua y luego se tuesta al rescoldo”. Justamente lo que ya hemos descrito como tamal de los pueblos serranos. Pero en Lima existe, además la humita dulce. Es una masa de harina de maíz blanco o choclo rallado, que se endulza con azúcar, y recibe alma compuesta por manjarblanco de leche y pasas. Se la cuece envuelta en pancas.
Zancu o sango es una especie de mazamorra limeña. Para hacerla se echa harina de maíz amarillo en miel de chancaca y, agregándole manteca, se cuece hasta que la masa se pone compacta; antes de retirarla del fuego se le añade pasas y una copa de oporto o vino dulce. En Chile  -según nos dice José Jiménez Borja-, se da el nombre de sanco a unas gachas que se hacen de harina tostada de trigo o de maíz, con grasa, agua, sal y algún otro condimento.
Véase “El aporte peruano-indígena en la formación del español”, por José Jiménez Borja. “Letras” (órgano de la Facultad de Filosofía, Historia y Letras de la Universidad Mayor de San Marcos), Nro. 6, págs. 38 – 50, Lima, primer cuatrimestre de 1937.
[10] Bernabé Cobo: "Historia del Nuevo Mundo". Con notas y otras ilustraciones de Marcos Jiménez de la España. Sevilla, Imprenta de E. Risco, 1890. Tomo I.
[11] Tal anota el andaluz Esteban de Terralla y Landa (Simón Ayanque), en su poema satírico titulado “Lima por dentro y por fuera”.
[12] Id.
[13] En: “Las profecías del cojo Prieto”. Véase la “Colección de- las producciones en prosa y verso, serias, jocosas y satíricas de José Joaquín de Larriva” en: “Documentos literarios del Perú”, colectados por Manuel de Odriozola. Tomo II (Lima, Establecimientos tipográficos de Aurelio Alfaro, 1863), págs. 47 - 384.
Como curiosidad, añadamos que los tamales eran desconocidos en el Cuzco por los años en que así escribía el clérigo José Joaquín de Larriva, a pesar de haber sido originario de dicha ciudad el proceso culinario que les dio origen. En efecto, José María Blanco, cura de Marcabal, nos hace saber en 1834 que “las comidas favoritas del Cuzco, aún para las personas de gusto y paladar delicado son: el yanan, el pesque, el patapuche, el sachuamanchupe, el timpo, el catati, el quispiñu, el quesocapchi y el tecte”. Véase el “Diario de la marcha que hace su Excelencia el Presidente Provisorio de la República Peruana, Don Luis José de Orbegoso a los Departamentos del Sur”: Lima, Librería e Imprenta E. Moreno, 1929 (pág. 228).
[14] “Constitución Política”. Publicada por primera vez como tercer número de “El Espejo de mi Tierra”: Lima, 31 de marzo de 1859.
[15] “La vuelta del esposo” (soneto). Incluido en: “Zanahorias y remolachas” (Lima, 1875).
[16] “Salpicón de costumbres nacionales” (poema burlesco). Lima, Imprenta, del “Journal du Perou”, 1872. 
[17] “Museo de limeñadas” (colección de artículos de costumbres). Lima, 1853.
[18] “Recuerdos poéticos”. Lima, Imprenta la Equitativa, 1913.
[19]  En: “Costumbristas y satíricos”: Biblioteca de Cultura Peruana, primera serie, Tomo 9, volumen segundo, París, Desclée de Brouwer, 1938.
[20] “Una Lima que se va”. Lima, Editorial Euforión, 1921.



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Video

El tamalito - landó
Cantautor: Andrés Soto
subido por César Zorrilla Serna





Enlaces

La picanteraLos tamaleros - pregones